Atulananda Acarya

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La Divina Variedad,
más allá del vacío y de la luz.

La antigua historia de la India, presentada en sus clásicos Puranas, nos relata un muy importante suceso, que reunió hace cinco mil años atrás, a miles de sabios en el bosque sagrado de Naimisa.

El propósito de este encuentro fue dilucidar cómo Pariksit, el rey de aquel entonces, podría alcanzar la perfección máxima en los sólo siete días, que por la maldición de un niño brahmana, le quedaban de vida.

“Hemos estudiado todas las escrituras y practicado variados procesos- dijeron los sabios- pero no hemos encontrado nada conclusivo.”

A esa asamblea llegó un hermoso joven de dieciséis años. Sus ojos eran como los pétalos del loto, caminaba con su pelo enmarañado, ausente y desnudo; un grupo de niños y mujeres lo seguían mirándolo curiosos. Los sabios, muchos de ellos ancianos de gran poder y misticismo, se pusieron de pie para recibir esa alma refulgente, y lo sentaron en el trono de Vyasa, o del supremo maestro.

En este momento de la historia empiezan a destilar los más puros y perennes conceptos de la Verdad, los que quedarán inmortalizados en el Bhagavat Purana, en letra sánscrita.

El santo rey Pariksit se sienta a los pies del joven guru para escucharlo insaciable, sin comer ni dormir, durante los siete cortos días que le quedan de vida.

“Quieren conocer la Verdad- les dijo el joven sabio Suka- pero ésta misma se divide en tres niveles de comprensión.”

Vemos que en todo conocimiento o ciencia hay distintos niveles y que todos son válidos, pero, cuando pasamos a uno más elevado, dejando de lado el inferior, nuestra comprensión y satisfacción interior crecen a niveles no imaginados. Así, el sabio Suka les explicó que la suprema Verdad se divisa primero como brahman o como luz impersonal. Como aquella refulgencia donde el ego material se fusiona y se pierden las identidades ilusorias de este plano temporal. En este nivel el alma se desnuda de sus coberturas materiales, las cuales son burdas y sutiles.

La cobertura burda del alma es este cuerpo, y la sutil es la formada por la mente, la inteligencia y el falso ego. A esta cobertura sutil se le llama ‘el cuerpo astral,’ o justamente, ‘el cuerpo sutil,’ o suksma-deha.

Este es el primer nivel de realización que el sabio Suka, cinco mil años atrás, llamó brahman.

Luego nos habló de un segundo nivel que es la visión trascendental de Visnu en nuestro corazón. Visnu, en Su forma mística de cuatro brazos, es la personificación del poder sustentador.

Vemos que todo poder está manejado por alguna persona.

Vemos que todo culmina en algo personal. Los poderes ejecutivos, judicial y legislativos de un país, son manejados por personas. El mismo orden universal es dirigido por personas a quienes llamamos semidioses o devas. Todas las culturas pasadas nos hablaron de estas deidades regentes de los asuntos universales, tanto los egipcios, como los griegos y romanos, y nuestras mismas culturas indígenas; negar esta realidad no parece muy consecuente.

Si hablamos de energía, debemos aceptar también la existencia del energético, del que sustenta y da origen a esa energía. La energía no puede darse por sí sola, y el energético tampoco tiene sentido sin una energia que producir. Ambos son mutuamente dependientes.

No olvidemos la premisa fundamental del Kibalion: “Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba.” Por lo que la observación de este mundo nos sirve para darnos una idea de cómo es el superior.

Este mundo, de acuerdo a lo que los yogis observan en su trance, es un reflejo del superior. Este plano es sólo un modelo o maqueta del mundo real. Pero sigamos con la idea que desarrollábamos con respecto a la energía y su correspondiente, el energético:

No podemos separar el sol de su luz, como tampoco podemos separar a Dios de Su facultad de amar o de dar refugio, sabiduría y placer.

Esta facultad de dar placer o felicidad es un tipo de energía llamada hladini. Hladini es la eterna consorte del Supremo. Hladini es la reina de Sus energías y gracias a ella es que tenemos un concepto de ‘yo soy,’ y ‘los demás son,’ por el cual, podemos relacionarnos y amar.

De acuerdo a los Vedas el Supremo es una pareja trascendental y divina, no es uno solo, son Dos. Es Él como el energético, y Ella como Su energía de amor y de placer trascendental. Esta energía está personalizada en la divina forma de Radha, Quien es la fuente del encanto trascendental.

Nuestras existencias separadas no son ilusorias sino más bien corresponden a un desarrollo de la conciencia. Es decir, a mayor conciencia, mayor individualidad. Mientras más conciencia tienes, más persona eres.

Los Vedas dicen que la sílaba Aum encierra a tres individuos: ‘A’ es el Supremo, ‘U’ es Su energía de placer o Radha, y ‘M’ somos nosotros, las almas.

De este modo, en lo que se muestra como unidad, encontramos también la diversidad. El átomo, por ejemplo, es la más pequeña unidad, pero en él hay diversidad. Hay diversidad en la misma unidad. Ése es el encanto del Amor creador. El amor es esa energía que funde en una profunda unión a dos o más seres que seguirán existiendo por separado como tales, de lo contrario, no podríamos hablar de amor, pues de ser todo Uno, no exisitiría la relación que es fundamental para hablar de amor.

Así, el infinito amor de Dios, es Su infinita energía de placer llamada Radha. Radha, como decíamos más arriba, personifica el amor de Dios, tal como los hijos personifican el amor de los padres, o como la esposa encarna el amor del esposo. Porque si dices que amas, ¿dónde está la persona que amas? Si mi amor es hacia una energía o un objeto, no es un amor tan elevado como el amor a una persona. Si yo digo, por ejemplo, que me encanta la electricidad o el fuego, o si digo que me gustan mucho las motos o incluso los animales; esas declaraciones de sentimientos nunca serán tomadas tan en serio como declarar el amor a una persona. Por ello, cuando el amor encarna una personalidad, se vuelve más grande y valioso.

La energía del amor se traduce entonces a hechos, obras, e incluso a personas. Si tienes amigos o amigas, es porque tu energía de amor fue utilizada y ahora está personalizada en ellos o en ellas.

De este modo, el infinito amor de Dios, y el infinito amor de Radha, se personifican en la creación de las muchas almas que somos nosotros. Hemos sido creados, o más bien, individualizados, para vivir en ese grande e infinito amor. Nuestra relación de éxtasis con ese amor divino se llama técnicamente rasa.

Rasa se define como el placer de nuestra relación trascendental con la Verdad. Este rasa, de acuerdo a los grandes sabios de los Puranas y a la gran eminencia Suka, es muy superior al placer que se obtiene de la visión o de la fusión en brahman.

En el Bhagvata Purana hablan sabios que han realizado en sus corazones los tres niveles de Verdad, tras lo cual han concluido que la tercera realización, la de Bhagavan, es la que da más satisfacción y éxtasis, y por lo tanto, es la más elevada.

Bhagavan es la forma personal de la Verdad, el origen de todas las formas y también el origen de lo inmanifiesto o de la no forma, llamada avyakta.

Bhagavan se expande en millones de formas Visnu, que constituyen Su aspecto omnipenetrante, tal como una sola luna se refleja en miles de receptáculos de agua.

Bhagavan es simultáneamente la forma y la no forma, es inconcebible o achintya, y Se revela en el corazón de Sus devotos amorosos.

Más allá del poder de la mente está el poder del amor. La energía mental sólo puede fundirnos en la energía de la mentalidad total, o de lo inmanifiesto; pero la energía del amor es la que nos elevará al mundo de los seres que aman, de los seres que nos han creado para amar, y que nos esperan en ese gozoso hogar, que son las moradas ilimitadas, llamadas Vaikunthas. Allí todo es a ‘imagen y semejanza’ de este mundo, pero esos Vaikunthas son plenamente conscientes, eternos, y llenos de bienaventuranza. Sólo el yogi que alcanza el éxtasis más alto, saborea estos mundos superiores, desconocidos por muchos, en los cuales, serás una persona que ama y que es amada por siempre.

Deseándoles felicidad, quedo vuestro eterno hermano en el espíritu.

Om tat sat.

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